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  Rosario, Cuna de la Bandera -
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Rincón Literario:

Una historia sin BUENOS AIRES

Autor: Fabián Broitman

 

Sus abuelos maternos inmigraron al país a principios de siglo, en la mitad de sus vidas. Los padres de su padre fueron descendientes de los indigenas pisoteados por la historia que cuentan los asesinos. Juan nació un día domingo, y fue el culpable que el asado que preparaba su padre se incinerara, mientras el viejo Ford negro intentaba romper su propio record camino a uno de los hospitales públicos de Buenos Aires. En aquellas épocas El General era el presidente, y los humildes inclusive habían aprendido a soñar un futuro respetable para sus hijos. Por ello los concebían.

Su padre era obrero, y estaba orgulloso de serlo. Ingenuamente pensaba que construía su país, en jornadas de diez a doce horas, cargando, clavando, serruchando su propio destino. Su madre aguardaba en su pobre hogar, horneaba el pan, y los domingos preparaba pastelitos dulces, llenos de membrillo.

Cuando Juan creció y pudo recordar sus días, ya no le quedaban abuelos para conocer su pasado.

Don Benito y Doña Catalina se habían muerto de cansancio, inmigrantes ellos, que dedicaron sus vidas a afianzar las raíces pálidas que habían traído desde Italia en los principios del 1900. Durante casi ochenta años subsistieron, añorando las lejanas tierras mediterráneas, intentando vivir el nuevo mundo. Y un día lo abandonaron, mientras sonreían frente a una verdadera familia que ellos habían creado con sus propias manos.

Antonio y Margarita estaban hechos de la tierra que sus pies pisaban. Ellos también percibían que sus almas exiliaban sus existencias en aquellos suelos pese a pertenecer a familias con raíces americanas. Comentaban siempre, orgullosos, que los ancestros habían pisado aquellas tierras cuando aún el continente estaba unido a lo que milenios después sería Africa. Mas ellos poseían secretos indios bajo sus pieles, secretos que ni ellos mismos recordaban, ya que el conquistador blanco había dedicado sus días en hacer olvidar. La superficie que mantenía sus organismos era su hermana, y su madre, sangre de su sangre, recipiente infinito que acaparó los líquidos púrpuras de los antepasados asesinados y destrozados por el deseo del oro. Los árboles y las plantas habían crecido gracias a la muerte de millones de su pueblo. Y es sabido que las personas sin raíces no viven sino que dedican sus días a no caerse. Antonio y Margarita fueron humildes desde siempre, hambreando algunas lunas y comiendo casi todos los días, cargando sobre sus espaldas la tristeza y la resignación de un holocausto mudo que desde hace siglos golpea miles de almas.

Juan fue creciendo entre promesas de políticos y pastelitos dulces llenos de membrillo de su madre. Algunas veces fue con su viejo a las obras, lo miró trabajar y lo amó más que nunca. La escuela se esfumó por entre sus dedos, los compañeros y los amigos del alma, y aquellas maestras empecinadas en que los alumnos recordasen de memoria los nombres de las decenas de gobernantes que sólo se empecinaban en que recordasen sus nombres. El país se le esfumó por entre los dedos y no por su culpa, y sin siquiera darse cuenta. No terminó sus estudios ya que quiso ayudar a mantener un cierto nivel de vida, algo así como comer todos los días.

Con el tiempo, no sólo trabajó en construcción, sino que por las noches amasó pizzas en lo de un conocido, cerca de su casa.  Pudo ahorrar algunos pesos, comprarle a su vieja alguna chuchería y a su viejo invitarlo algún domingo a ver a Platense, justo cuando le ganó a Boca dos a cero. Los planes para el futuro los tenía muy claros, y todo era cuestión de trabajar, romperse el lomo durante unos años, y llegar a vivir un poco más comodamente, poder ayudar a sus padres a envejecer tranquilos y plantar semillas de una nueva familia en el vientre de una posible mujer.

Juan cosechó dos hijos, en los tiempos en los cuales el General volvió al país. La gente estaba nuevamente esperanzada, creían poder soñar un futuro mejor para sus hijos. Por eso Juan los concibió. Con sus treinta y tanto años aún laburaba casi todo el día y sus sueños aún no se le habían escurrido por entre sus dedos, pese a que el dinero cada día alcanzaba para menos. Aunque en ningún momento, mientras sus padres vivían, anuló el asado de los domingos. La carne estaba cada vez más cara, pero no podía abandonar la costumbre de años, el placer de verlos a los viejos masticando delicias con los pocos dientes que quedaban.

Junto con el General y las esperanzas, se fueron los viejos también. Las cosas se fueron poniendo más difíciles, los ahorros se los comió un Banco que de un día para otro dejó de existir, la pizzería cerró, y cada día se construía menos. Sus dos hijos crecieron junto a los vientos asesinos de los uniformes, pensamientos prohibidos, miradas censuradas, un mundial ganado, la gloria del triunfo y los papelitos que cubrían las carnes torturadas, una guerra y el futuro de todo un país aniquilado.

Juan intentó en todos lados, trabajó en el ferrocarril hasta que lo cerraron, y un día se quedó en el medio de su vida, con su familia, sin dinero para comprar una manzana, un vino, un pastelito para endulzar los amargos paladares de sus hijos. Los días se fueron sucediendo y cuanto menos trabajo hubo, más costaba comprar el kilo de harina para amasar el pan. La casita que con su viejo había construído se les veñia abajo hasta que el gobierno decidió echarlos de la zona ya que programaban la construcción de un Shopping Center. La indemnización les alcanzó para alquilar una casa más chica y para subsistir unos años más.

La política cambió de color una vez más, los nombres se transformaron, y la gente siguió muriéndose de hambre.

Juan entró en los cincuenta años, y está buscando laburo. Quiere por fin comenzar a construir su vida. De pronto miles de edificios se erijen en la Capital, pero sus brazos están cansados y su columna no aguanta. Come cada vez menos y busca laburo. Un día le comentan que necesitan gente especializada en un hotel en la ciudad. Juan escribe una carta, como las miles que en un pasado nada remoto escribió. Especializado, piensa, mira a su mujer, y recuerda haber cambiado algunas veces el cuerito de la canilla del baño. Su rostro se le ilumina ya que por fin puede agregar algo a su especialidad. Toma el lapiz, lo apoya con cuidado sobre el papel blanco y escribe " Sé arreglar canillas y hacer buenos asados".

Juan iba a escribir que también sabe tener esperanzas, pero en el momento de tocar la hoja con el lapiz, cae en la cuenta que lo ha olvidado.

 

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