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  Rosario, Cuna de la Bandera -
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Rincón Literario:

La pobreza de María

Autor: Fabián Broitman

 

El día en que María quedó embarazada, las hendidas y estropeadas campanas de la iglesia consiguieron sonar. El pueblo todo despertó de su hibernación de días sin pensar y dejaron un sólo y diminuto momento de existir por una mera y banal obligación que le debían a Dios por haberles regalado sus vidas.

María nació muda y si no hubiera sido por sus ojos profundos y soñadores, nunca habría podido hablar. Provenía de una familia pobre, donde el pan era el festejo de cada tanto y el hambre la rutina de casi siempre. De niña conoció la crudeza del trabajo, mientras suplicaba por limosnas en las calles anchas de la riqueza ajena, mientras rezaba a alguna fuerza inconmensurable que la hiciera crecer rápidamente, sin deber sufrir la tristeza del día a día.

El tiempo pasó para el tiempo, entre años y meses, mientras María vivía sus días entre horas y minutos, sudando y caminando por los senderos nebulosos del mañana, soñando por las noches que soñaba un sueño mejor, mirando con su piel y diciéndolo todo con sus ojos.

Aprendió rápidamente que todo puede ser borrado como la tinta sobre un papel virgen, aunque siempre supo que pintando de blanco sobre gamas de negro es imposible pulir el ayer, convirtiéndose éste en un mero intento de inmaduro camuflaje. Habló con sus ojos más de lo que cualquier palabra podía decir y a la hora del arrepentimiento aprendió que las lágrimas no hacen desaparecer los recuerdos que se graban en el alma.

Se construyó una casita humilde y pequeña, donde hasta la lluvia, sólo por respeto a su pobreza, no penetró por los agujeros del techo. El trabajo que le llenaba los días lo había conseguido una mañana en la plaza del pueblo.

María estaba sentada en un banco a la sombra de un árbol, acompañada por su silencio que no era tal, ya que silencio hay sólo cuando se puede hablar. La plaza se llenó de críos recién nacidos, acarreados a la isla natural del pueblo por sus madres, mientras María observaba el cielo gris, que por verlo ella azul, había transformado su color original, y los nubarrones negros que otrora lo cubriesen, escaparon a tiempo para nunca volver a existir en el firmamento.

Las madres pasearon con sus hijos y al cruzarse con la figura de María, que hasta ese instante descansaba de la vida, cada niño abría su boca y articulaba su primer palabra, dependiendo de la imaginación danzante de ella; uno hablaba de las frágiles ilusiones entre los rincones circulares de su alma, otro describía un hombre desconocido cubierto por mantos de misterio, mientras algún recién nacido recitaba versos aún crudos, sacados antes de tiempo de la hoguera ardiente del espíritu de aquella mujer.

            El milagro recorrió el pueblo todo como un huracán y en honor a María la santa quién hacía hablar, se organizaron fiestas, congregaciones y bailantas, se compusieron cánticos y el cura de la iglesia le ofreció oficialmente trabajo en el hospital general.

            Día a día se sentaba en el banco del pasillo central del hospital y esperaba a que la puerta de la sala de partos se abriera y apareciera el doctor, el recién nacido y sus padres deseosos de conversar con ella. María aguardaba unos instantes y, mientras los padres del recién nacido pensaban entre sí, sus ojos abrazaban a la pobre criatura que dejaba de llorar inmediatamente, ya que hasta los niños comprenden que el mejor abrazo es el de una mirada tierna y fiel.

            Los frescos progenitores se decidían y nombraban la profesión del futuro hombre, su carácter, sus amigos, su destino. María pensaba y se introducía en los ojos del infante mientras éste comenzaba a hablar y a defender a un acusado cual si estuviese  frente a la Corte, o a explicar las razones de la operación militar, a detallar los pasos de la construcción de complejos habitacionales para el pueblo, o a definir la esencia del aburrimiento en la sociedad actual.

            María soñó miles de noches con su propio nacimiento y se vió saliendo de la sala de partos, envuelta en sábanas, en los brazos de su madre. Ella no lloraba y su madre se acercaba a la mujer que estaba sentada en el pasillo central del hospital, y le pedía por María, que no fuese muda y que nunca conociera la pobreza. Pero en el instante exacto en que María la beba estaba por recibir los deseos de su madre, María la santa, sentada en el banco del pasillo central, gritaba en silencio su última pena y cerraba sus ojos para no abrirlos nunca más. María se despertaba  sudando, triste por la extraña alegría que sentía al saber que todo había sido sólo un sueño.

            El tiempo le trajo buenas cosas a María. Su trabajo floreció como ella soñaba florezca su voz, y con la muerte de los días María pudo cambiar su casa, comprar muebles, comer todos los días y abandonar por fin el océano acaparador de la pobreza. No llegó nunca a sonreir hasta el día en que fue madre, ya que conocía el mundo y su verdad, sabía que el sufrimiento es su dueño y la alegría es una diminuta isla que se va hundiendo cada vez más, entre las feroces arenas del desierto humano.

Vivía rodeada por los niños a quienes ella moldeaba el futuro, los veía crecer y desarrollar el carácter y la profesión que había predecido en el pasillo del hospital general; los veía conformes con sus vidas, conformando a sus padres con sus existencias y conformando a la generación venidera con su ejemplo, mas sus ojos no brillaban. Las miradas parecían no ver, la luz no pasaba por ellos sino que parecían reflejar alguna angustia indescifrable de la existencia, la cual descansaba en lo más profundo del ser, en cada uno, en las cosas que hacían y deshacían, en las cosas que pensaban y dejaban de pensar.

Nadie se había percatado, pero María sabía que desde que ella proveía futuros, la gente hablaba mucho más, quizás porque sí y quizás porque ella daba a los demás hasta lo que no tenía. Las personas conversaban entre ellos, consigo mismos y hasta el silencio era hablado. No había límites para las descripciones, las conferencias, las explicaciones, el chisme y la charlatanería. Todo conducía al lenguaje y era por medio del habla mientras María callaba, siendo por lo tanto la única que realmente podía hablar.

El pueblo todo se convenció que María la santa había sido embarazada por un ángel, una noche de luna nueva, mientras las conciencias dormían; ella por primera vez en su vida utilizó su silencio para callar abandonando la creencia popular en su enmarañada y dudosa sabiduría. Nunca hizo saber que el hombre había llegado desde lejos, cansado y hambriento, y que ella le había dado de comer. No contó con sus ojos que él no llenó de sílabas la habitación que con dificultad los contenía, sino que pronunció dos palabras mágicas que bastaron para que ella le entregase su alma, su cuerpo, y su corazón. María vió en sus ojos las incertidumbre de la libertad y pudo comprender por primera vez que aquella era la fuente del brillo de las miradas, el mismo que toda esa gente viviendo futuros diseñados por ella, gente exitosa y ciega, no sólo no tenían, sino que ni siquiera imaginaban poder tener.

Las campanas rotas de la iglesia consiguieron crear algún sonido herido por la gran alegría del pueblo todo, al atrapar la noticia que María la santa tenía vida en sus entrañas.

La criatura nació una noche sin que los doctores ni las enfermeras se percataran de ello. María la sostuvo en sus brazos y sintió que estaba viviendo el momento más importante de su vida. Tomó al bebé, lo cubrió entre sábanas y lo llevó al pasillo central, donde ella misma se estaba esperando. Se dió tiempo para pensar y en unos pocos instantes vió los ojos secos de aquella gente que había cumplido sus sueños antes de concebirlos, y la sonrisa de los hombres que no conocen la lucha diaria y el gusto de lo desconocido. Se miró a sí misma y no deseó nada para su bebé.

Por la mañana los médicos la visitaron y vieron que la santa tenía ya un hijo. El pueblo festejó y se habló del acontecimiento durante décadas, mientras el niño aprendía a enmudecer las palabras que sus ojos iluminaban, y a esperar el nuevo día con amor y angustia, tristeza y congoja, alegría y curiosidad, a esperarlo desconociendo que vendría como el ayer se fue.

En el pueblo aseguraron atónitos haber escuchado a María la santa hablar y desearle a su hijo su misma pobreza

 

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